Era la presa perfecta de un cazador que me ignoraba, que sabía que existía pero que decidía ignorarme completamente, porque si no me hubiera visto, quizás hubiera sido menos doloroso. Así empecé a pasar las horas de clase escribiendo hojas enteras con su nuombre y el mio entrelazados, con diferentes colores, rodeados de corazones. Mis carpetas y apuntes llenos de poemas y cartas que jamás llegaron a su destinatario. Hasta que una tarde me decidí. Había escrito la carta más dulce en 14 años de existencia. Le confesaba todo mi amor adolescente, que aparentaba ser puro y comprensivo, pero me provoco el dolor más fuerte que jamás habia sentido. Recuerdo haber tomado un taxi hasta el club de rugby donde pensé que estaría entrenando. Estaba todo planeado: llegaría con la intención de anotarme en la pileta del club, em tropezaría con él y dejaría caer la carta. Él la tomaría, yo sonreiría y me alejaría caminando graciosamente. Nada de eso ocurrió. ¿Por que uno se imagina estupideses? ¿Por que pensé que iba a chocarme con él? Porque mi intención era chocarmelo... supongo que era más romantico.
Entre al club, muy nerviosa. Con la carta en mis manos. Un vistazo a la derecha, a la izquierda... nadie. ¿Por que pensaba que iba a estar? No se. Supongo que a esta edad las cosas tienen que salir como uno las quiere, como uno las sueña. Mas tarde podría aprender a dejar de soñar. Ahora necesitaba verlo. Y no estaba, nunca estuvo. Volví llorando. Atravesé las canchas de rugby desconsoladamente, con bronca porque él no estaba y yo habia imaginado que si. Con bronca porque era una estupida.
Los amores juveniles son así. Obsesivos, absolutos, a todo o nada. Lo peor es que muchos años después uno siga comportandose igual. Lo doloroso es que así se quede uno: siendo una maldita obsesiva. Supuse que tendría que superarlo, pero nada parecía cambiar: él seguía en mi cabeza. Lo perseguía lo buscaba, me escondía. Me sentía necesitada de su voz, de sus palabras, de sus miradas. En mi cabeza podíamos ser felices y no entendía porque no se concretaba mi sueño. Me enoje con Dios y con el mundo. Deje de creer en el ser divino y empecé a maldecirlo. "Si es que Dios existe no puede estar haciendome esto". No pensaba que Dios estaba ocupado en cosas más importantes que las mias, porque definitivamente, para mi a los 14 años no había algo más importante que él. Él y mi salud mental iban de la mano, irremediablemente.
Hoy estas conmigo y nada me hace más feliz.